"Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él." Seis días antes, Dios había mirado todo lo que había hecho y lo había llamado "bueno en gran manera." Ahora, por primera vez en el relato de la creación, llama a algo "no bueno" —y no es un pecado, ni una falla en el jardín, ni una ley quebrantada. Es un hombre, íntegro y sin pecado, de pie solo en el paraíso, todavía incompleto. La respuesta de Dios a esa falta es una sola frase hebrea, escogida con precisión.
La palabra traducida "ayuda" es *ezer* (עֵזֶר), y no es una palabra de sirviente. Rastrea el Antiguo Testamento buscando *ezer* y una y otra vez terminas encontrando a Dios mismo. Moisés le dice a Israel: "El eterno Dios es tu refugio... él echará de delante de ti al enemigo," llamando al Señor el escudo y el *ezer* de Israel (Deuteronomio 33:26-29). El salmista escribe: "Alzaré mis ojos a los montes... mi socorro (*ezer*) viene de Jehová" (Salmo 121:1-2), y otra vez: "Nuestro socorro (*ezer*) está en el nombre de Jehová" (Salmo 124:8). Moisés incluso llama a su hijo Eliezer —"mi Dios es mi *ezer*"— porque el Señor lo había rescatado de la espada de Faraón (Éxodo 18:4). En cada uno de estos casos, *ezer* no describe a un subordinado, sino a un rescatador: alguien que trae una fuerza que la otra parte no tiene, muchas veces en lenguaje de batalla. El hebreo tenía de sobra palabras para un ayudante de rango menor —*ebed*, siervo; *sharat*, el que sirve a otro. El texto, en cambio, recurre a la palabra reservada casi exclusivamente para la fuerza salvadora del propio Dios.
La segunda mitad de la frase lo afina todavía más. "Idónea para él" traduce *kenegdo* (כְּנֶגְדּוֹ), construida sobre la raíz *neged* —"delante de," "frente a," "correspondiente a," "visible ante." *Kenegdo* dibuja a alguien de pie cara a cara, a la misma altura, no caminando dos pasos atrás ni colocado por debajo. Junta las dos palabras y Génesis 2:18 no está pidiendo una asistente que camine detrás de Adán. Está describiendo una fuerza rescatadora de pie justo frente a él, viéndolo y siendo vista.
Esta es la frase que instituye el matrimonio mismo, antes de que el pecado entrara jamás en la historia, y la elección de las palabras carga peso de pacto. Si el texto quisiera fundar ese pacto en jerarquía, el hebreo tenía el vocabulario para hacerlo. En cambio lo funda en dos palabras usadas en otros lugares casi exclusivamente para Dios rescatando a su pueblo —entregadas ahora a una mujer de pie, ojo a ojo, junto al hombre. Sea lo que sea que "ayuda" signifique en tus relaciones más cercanas, en el vocabulario propio de la Escritura nunca fue sinónimo de debilidad.
Así que hoy, nota dónde has rebajado en silencio la palabra "ayudar" a algo menor de lo que realmente es —en un matrimonio, una amistad, una temporada de cuidar a alguien que te necesita. El Dios que se llama a sí mismo el *ezer* de Israel no se avergüenza de ese título, y tú tampoco deberías avergonzarte del tuyo. Ayudar, en las propias palabras de la Biblia, es ponerse cara a cara con alguien y traerle una fuerza que no tenía por sí solo.
Reflexiona: ¿Dónde has tratado el "ayudar" como un papel menor en vez de la fuerza que la Escritura declara que es? Pídele hoy a Dios que te permita estar cara a cara con quien te necesita, no detrás de esa persona.